Empoderadas: Una Historia Lunar

No recuerdo el momento exacto en que me di cuenta que tenía más lunares que los demás. Me imagino que, estando en una edad en la que mi rostro no era algo que yo mirara frecuentemente, o con vanidad, este hecho pasó desapercibido por mucho tiempo. Imaginémonos todos en este momento a la pequeña Ximena intentando alcanzar un espejo a los diez años de edad, de pie en el baño, en la puntica de los pies.
Mi madre dice que ella nunca notó, hasta el día que llegué a la casa a contarle que en el colegio me molestaban. Esto habría sido aproximadamente en quinto de primaria, mi tercer año en los Estados Unidos.

En aquella época, tenía yo una profunda admiración por el rostro perfecto de mi amiga Marina. Marina era egipcia, o lo es, supongo. Su piel era una mezcla entre canela, aceituna y oro, increíblemente suave y perfecta. Sus ojos eran verde azules y su cabello crespo y café, más oscuro que su piel. Por mucho tiempo fuimos inseparables.
El contraste entre las dos era sorprendente. Yo pequeña, muy delgada, mi cabello negro, mis ojos oscuros, muy introvertida. Ella, un poco más alta, llena de energía, su cuerpo más rellenito, sus mejillas rojitas como si hubiese entrado a la vida corriendo. Nos sentábamos juntas, nos llamábamos por teléfono, cuando había un proyecto en parejas, ni nos mirábamos para confirmar lo que ya sabíamos: lo haríamos juntas. Como la feria en la cual ella cocinó y yo hice manualidades y vendimos todo bajo un nombre “Food Shoppé”. Nuestras madres rieron fuertemente al verla intentar un acento francés dramáticamente.
El día que recuerda mi madre, el día que verdaderamente detalló mi rostro fue el día que Marina se sumó a unos tres o cuatro niños durante el descanso a reír sobre mis lunares. Hoy en día pienso que fue inocente; que lo hizo sin intención de herirme, de marcarme. Sin embargo, eso fue lo que llevó al desbordamiento de todo lo que yo creía que era normal.
Yo soy colombiana, y en la época era la única en un salón lleno de niños porcelana. Toda mi vida yo había visto las constelaciones de lunares en mis padres, mis tíos, mis abuelos. Pero estos niños no. Quizás también los marqué yo a ellos.

Los Lunares: Misterio, Exotismo, y Finalmente Normalidad

Mis abuelos me contaron algún día, después de oír por enésima vez cómo me quejaba yo de las personas que me llegaban con “Mujer lunareja..” sobre el misterioso lunar de mi abuela.
“Cuando conocí a tu abuela,” comenzó mi abuelo, “tenía un lunar bellísimo al lado de la boca, a lo Monroe”. Mi abuela lo miraba y se sonreía, como si se hubiese salido con la suya. “Siempre le decía yo lo bello que era ese lunar,” decía mi abuelo y mi abuela afirmaba con un movimiento leve de la cabeza. “Cuando nos casamos, ese lunar desapareció, y me di cuenta yo que ese lunar se lo había pintado con un lápiz de ojo todo ese tiempo!” la miró y ambos se rieron.
Ella sufriendo por no tener y yo por tener muchos. Demasiados, quizás.
No voy a decir que regresar a Colombia durante mi adolescencia cambió todo. No ha habido un momento en que todo cobró sentido y entendí que siempre fue lo mejor tener muchos lunares. A pesar de que mi familia si es “lunareja” (odio esa palabra) muchas no lo son. Aquí también había adolescentes de porcelana. Aquí también soy diferente.
Sin embargo, crecer marcó la diferencia. Los lunares no desaparecieron. De hecho, ahora tengo muchos más. Conozco bien cuales son grandes, cuales son pecas apenas. Sé que crean formas: cuadros, rombos, quién sabe qué mas. No permito que nadie los una en un intento fútil de hacerme sentir exótica. Escucho a los hombres que miran mi espalda desnuda y quieren verlos todos y me río.
Imbécil, pienso. ¿No entendés que vos no marcás la diferencia en mi desafecto por ellos?
He dejado de usar ropa con diseños repetitivos: rayas, puntos, etc., tal vez porque exaltan los “puntos” de mi cara, tal vez porque distraen de ellos. He evitado tatuarme una parte del cuerpo porque está “limpia” de lunares. Entiendo que la melanina en mi piel, una vulnerabilidad a marcas por el sol, y mucha herencia son las razones por las cuales soy diferente.
La alusión al bello satélite de nuestro planeta no me molesta, el nombre “lunar” es realmente bello. En Inglés, existen “beauty mark” o su gemelo malvado “mole” que me provoca escalofríos, “freckles” para las pecas menos marcadas. Pero al fin y al cabo, son solo formas de nombrarlos, no de tenerlos.
Tengo muchos, muchos lunares. No, no los he contado. No permito que nadie más lo haga. Hay vestuario que los exaltan lo más de bien, y ahora soy más abierta a esto, y a tatuarme la piel que aún no está marcada por pequeñas imitaciones de los astros.
Hace un par de semanas pasó un chico a pedirme dinero mientras esperaba el bus. Cuando alcé la mirada, me dijo “que pecas más bonitas”. Normalmente me desentendería de él inmediatamente, pero esta vez, estaba de acuerdo. Su comentario no cambió nada, yo misma lo he hecho durante muchos años. No hubo un momento en que los acogí, como tampoco hubo un momento en que los noté por primera vez. Son míos, son mi normalidad. Perderlos sería como perder un brazo.
Sé que Marina aún es bella. No la veo hace más de diez años, pero lo sé. Sé que tener piel perfecta es bonito. Pero ahora lo veo como una forma entre miles de ser bella. Y al fin y al cabo, a pesar de luchar a veces con ellos, sé que los lunares hasta me lucen.

 

Ximena es una escritora, lectora y adicta a la cafeína. Nació en Manizales y fue criada en Kansas City. Estudió Literatura Hispanoamericana en la UPB y fundó el boletín de eventos y directorio Catalyst Weekly en el 2016. Actualmente vive en Medellin.

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